martes, noviembre 06, 2007

le savoir NO faire

La pasada víspera de todos los santos pude ser testigo de un hecho que si bien no llega a ser un escalofriante relato para halloween, sí que me despertó viejas emociones de esas en las que te acojona volver a pensar.
Estábamos en casa de los padres de mi esposa, aconsejando a su hermana sobre el disfraz con el que debería acudir a una fiesta propia de esa noche. El debate era vivo y dinámico, un brainstorm en toda regla, del que yo apenas podía seguir el hilo.
Pero lo que más me sorprendió fueron dos cosas: que era relativamente tarde para no haber salido ya de casa, y, sobre todo, que en realidad ya estaba disfrazada cuando nosotros llegamos.
A pesar de eso y con el riesgo temerario de llegar tarde, la ceremonia se dilataba: Mediante el uso indiscriminado de todo tipo de complementos sobre la base de un tutú, la idea inicial de bailarina degasiana pasaba en breves segundos a ser bailarina contemporánea, bailarina satánica, monja satánica y demás combinaciones lineales de sustantivos y adjetivos de ese tipo. Aunque me quedé dormido durante el largo proceso, sé que finalmente mi cuñada, la bailarina mafiosa, terminó llegando bastante tarde su cita.
Aunque sé que las dos hermanas se divertían horrores con todo ese protocolo, yo sólo pensaba una cosa: “¡pero si ya está disfrazada!”. Y no es que el disfraz de inicio fuese mejor o peor que los demás. Creo que todas y cada una de las opciones que iban tomando eran tan válidas como las demás para cumplir su cometido con el mismo buen resultado. Sin embargo seguían buscando la fórmula, incluso cuando ya no había tiempo ni de decir "contra-reloj".
El hecho aislado me pareció encantador pero, como decía, me trajo algunos recuerdos. No de ninguna hazaña relativa al cambios de ropa a lo prestidigitador –mi pereza me impide quitarme una prenda una vez ya me la he puesto, incluso después de descubrir que huele a humo (o algo peor) de la noche anterior- si no que me recordó a esas situaciones en las que un uso desproporcionado de medios nos lleva a una meta (exitosa o no) que hacía tiempo se habría podido alcanzar.
Recuerdo por ejemplo las ensaladas de pasta para las cenas de nochevieja. Me pasaba la tarde del 31 primera haciendo cola en mercadona. Luego dale que te pego, con la torpeza propia de uno, que si machaca el guacamole, que si me he pasado de ajo, que si qué tal quedará un poco de jerez en la salsa rosa...luego un poco de perejil y cubrir las fuentes con un film plástico, tape provisional que al final de la cena siempre quedaba intacto. No recuerdo cuántas nocheviejas tardé en darme cuenta que mis ensaladas jamás iban a atraer la atención en aquellas cenas de langostinos y canapés. Para entonces fueron muchas las fuentes llenas hasta arriba de labor frustrada que durmieron sobre la mesa sin que apenas nadie comprobara el resultado de mis esfuerzos quinceañeros.
Pero creo que el peor recuerdo de este tipo lo guardo de cierta memoria, redactada en dos pesados tomos, que me curré para determinada ocasión, y que no se miró ni un solo miembro del tribunal, ni un curioso que pasara por allí, ni mi mismísima madre –exceptuando honrosamente a las dos personas que se encargaron de vigilar que mi gramática no fuese una calamidad-. Durante aquellos meses, mientras pasaba casi todas las horas del día dedicado a esta tarea, sabía perfectamente que aquello podía hacerse de manera más sencilla, que no hacía falta tener atado hasta el último cabo...que hacía tiempo que había pasado la barrera de lo que ya no iba a trascender respecto al resultado final, que no estaba más que aumentando el volumen y el peso, y que para tales efectos bien podría haber adjuntado un ejemplar de “guerra y paz” o grapar un par de folios con los plomizas reflexiones en voz alta de Corto Maltés, para llegar sin duda al mismo desenlace. Pero no, era inevitable “seguir mi corazón”, hacerlo lo mejor que pudiera, dejarme llevar por la borrachera de perfeccionismo enfermizo-genético para hacer “todo lo que estuviese en mi mano”...para que la caída pudiese ser lo suficientemente fuerte.
Como hoy mismo oía decir a Bacali: “lo mejor es enemigo de lo bueno”.
Y es que la satisfacción personal como única recompensa es una puta mierda. No pretendo ahora hacer apología de la chapuza. Pero sí quizás de la estrategia. De coger perspectiva, y saber optimizar recursos para lograr un fin sin correr riesgo poner más carne en el asador de la necesaria.
Y como despedida del perfeccionismo infundado y de los esfuerzos que nadie valoró, propongo levantar nuestras copas llenas de Cherry cocke, y brindar por el limbo de las ideas ignoradas. Por el reproductor Beta y por el Mini-disc. Por los guionistas de las series que no pasan del capítulo piloto. Por el Renault fuego. Por el Quintegrator...y sobre todo por ese gran cementerio de los trabajos infructíferos: los concursos de proyectos.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

la edad todo lo cura (o no)

13:35  

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