Una tarde gris en Madrid
No me esperaba que por fin sucediera aquella tarde gris en Madrid. O por lo menos, no de aquel modo.
En la adolescencia pensaba que el momento más feliz de mi vida sería cuando me enamorase. Pero en seguida lo maticé con el ser correspondida: A la vez que mis amigas encontraban a su media naranja, o mejor dicho una media tras otra, yo me enamoraba de chicos a los que no interesaba o se fijaban en mí otros que no me atraían. Cuando se me declaró un amigo por el que había estado loca durante años pero por el cual ya no sentía nada empecé a pensar más o menos seriamente que estaba condenada a no escuchar un te quiero deseándolo.
Con el tiempo empecé a pensar que la felicidad que se siente al saberse correspondido al amar es como una flor en la vida: Algo muy bello y perecedero que se transforma enseguida en un fruto, menos vistoso pero más lleno de contenido; un tipo de felicidad que sí estaba a mi alcance queriendo a los más cercanos a mí.
Pero aunque supiese que podía ser tan feliz como el resto, de vez en cuando el pensamiento de que nunca iba a experimentar ese sentimiento me llenaba de ansiedad. Además aunque fuese pronto para que me preocupase sabía que mi fruto era estéril y cuando necesitase protección de la soledad tendría que confíar en las hojas de los árboles de otros.
Poco a poco me fui montando una estructura racional que empezase a suplir mis carencias afectivas y la empecé a proteger con celo de la decepción. Pero cuando le conocí a él llegó una "prostituta vestida de verde" y arrambló con todo el armazón: Era tan perfecto que daba sentido al riesgo, a pesar de la fragilidad de la edad. En seguida intuí que yo también le atraía y empecé a soñar con el momento en que escuchase de sus labios las dos palabras: Si sentía algo mucho más fuerte que lo que sentía con sólo imaginarlo no sabía si conseguiría soportarlo.
Esa tarde habíamos ido a ver una exposición en el Reina Sofía. El cielo estaba encapotado con un resplandor uniforme y mortecino. Después de andar un rato en silencio, cuando esperábamos para cruzar, pronunció mi nombre y lo acompañó de una larga pausa. Las gotas empezaron a caer a la vez que me inundaba de euforia y empecé a cruzar corriendo como intentando prolongar ese momento o encontrar un lugar más apropiado para saborearlo.
Le dio el tiempo justo de agarrarme y ponerse entre el autobús y yo. No lo tuvo para decírmelo con palabras pero ese gesto contra-natura fue inequívoco.
El médico dijo que era bastante improbable que despertase o que pudiese escucharnos pero tampoco lo negó taxativamente. El martes se cumplen veintitrés años. Sé que no se puede querer a alguien que está dormido, que él habría entendido que encontrase a otra persona y que viniese a verlo con menos frecuencia, pero también sé que si hay un cielo, para mí tendrá forma de flor "inmarcesible" y empezará una tarde gris en Madrid.
En la adolescencia pensaba que el momento más feliz de mi vida sería cuando me enamorase. Pero en seguida lo maticé con el ser correspondida: A la vez que mis amigas encontraban a su media naranja, o mejor dicho una media tras otra, yo me enamoraba de chicos a los que no interesaba o se fijaban en mí otros que no me atraían. Cuando se me declaró un amigo por el que había estado loca durante años pero por el cual ya no sentía nada empecé a pensar más o menos seriamente que estaba condenada a no escuchar un te quiero deseándolo.
Con el tiempo empecé a pensar que la felicidad que se siente al saberse correspondido al amar es como una flor en la vida: Algo muy bello y perecedero que se transforma enseguida en un fruto, menos vistoso pero más lleno de contenido; un tipo de felicidad que sí estaba a mi alcance queriendo a los más cercanos a mí.
Pero aunque supiese que podía ser tan feliz como el resto, de vez en cuando el pensamiento de que nunca iba a experimentar ese sentimiento me llenaba de ansiedad. Además aunque fuese pronto para que me preocupase sabía que mi fruto era estéril y cuando necesitase protección de la soledad tendría que confíar en las hojas de los árboles de otros.
Poco a poco me fui montando una estructura racional que empezase a suplir mis carencias afectivas y la empecé a proteger con celo de la decepción. Pero cuando le conocí a él llegó una "prostituta vestida de verde" y arrambló con todo el armazón: Era tan perfecto que daba sentido al riesgo, a pesar de la fragilidad de la edad. En seguida intuí que yo también le atraía y empecé a soñar con el momento en que escuchase de sus labios las dos palabras: Si sentía algo mucho más fuerte que lo que sentía con sólo imaginarlo no sabía si conseguiría soportarlo.
Esa tarde habíamos ido a ver una exposición en el Reina Sofía. El cielo estaba encapotado con un resplandor uniforme y mortecino. Después de andar un rato en silencio, cuando esperábamos para cruzar, pronunció mi nombre y lo acompañó de una larga pausa. Las gotas empezaron a caer a la vez que me inundaba de euforia y empecé a cruzar corriendo como intentando prolongar ese momento o encontrar un lugar más apropiado para saborearlo.
Le dio el tiempo justo de agarrarme y ponerse entre el autobús y yo. No lo tuvo para decírmelo con palabras pero ese gesto contra-natura fue inequívoco.
El médico dijo que era bastante improbable que despertase o que pudiese escucharnos pero tampoco lo negó taxativamente. El martes se cumplen veintitrés años. Sé que no se puede querer a alguien que está dormido, que él habría entendido que encontrase a otra persona y que viniese a verlo con menos frecuencia, pero también sé que si hay un cielo, para mí tendrá forma de flor "inmarcesible" y empezará una tarde gris en Madrid.

12 Comments:
Perdóneseme la horterada pero lo necesitaba.
Por supuesto que se le perdona. La "Comunidad de las Tormentas" no censura nada.
Además,-aunque no se si existía tal pretensión-, el mensaje es muy bonito: no hay amor más grande que el dar la vida por los demás. ¿Existirá mucha gente capaz de hacerlo?
El cuento también puede leerse como una metáfora (desvelarla lo destrozaría) y efectivamte una de las ideas es ésa. Pero creo que es más difícil dar la vida en multitud de pequeños actos a lo largo de la vida ,que es lo que hace la protagonista, y sí creo que hay, o había, mucha gente que lo hacía, especialmente entre las mujeres: La abnegación, que me parece una cualidad muy asociada a la paternidad quizá por aquello del instinto de perpetuación de la especie (Ya se jodió la vena romántica con interpretaciones antropológicas)
Cfr. capitulo de house y las lesbianas
Si no recuerdo mal en dicho capítulo un acto en apariencia de generosidad resulta ser en realidad egoista. No logro ver la relación con lo comentado.
Bueno, no se si la abnegación forma parte de lo que yo entiendo por amor. La abnegación como instinto al que tú aludes es más bien parte de la naturaleza egoísta del ser humano. Todo el mundo puede tener pequeños y grandes gestos de “amor” con sus seres queridos pero en el fondo eso forma parte de la convivencia, no? Un amor abnegado se termina por convertir en un intercambio de reproches. Cuando se da, se espera recibir algo a cambio aunque no sea de la misma calidad. De todas formas creo que un amor egoísta no tiene necesariamente porque ser nocivo. Sin embargo el amor más puro será siempre el que exija sacrificio –que no abnegación- y a eso me refiero cuando digo que no todo el mundo es capaz.
Creo que tienes manía a la palabra abnegación. Mirala en el RAE, y la de altruismo. Creo que todos los amores son egoístas, pero que puede ser sano.
Lo de que le tengo manía al término, no es del todo cierto, para mi es algo más complejo. De todas formas si hablas del amor como un gesto abnegado o altruista y despues dices que es egoista te estas contradiciendo, pero en fin...
Respecto a tu segunda frase, no comment, estoy de acuerdo contigo como puedes leer arriba: "De todas formas creo que un amor egoísta no tiene necesariamente porque ser nocivo".
http://enotravida.blogspot.com/
Respecto al relato, diré que coincido con Kermit en que aquí no se censura nada, pero sobre todo en que me ha gustado, también por sentimentalismo, qué carai. me ha recordado a un corto español. Creo que se llamaba el búho. Véase...o no.
Respecto al debate...imagino que podría disertarse muchísimo y que no llegaríamos a ninguna parte, pero diré que:
Estoy de acuerdo con que tiene más mérito la entrega en las pequeñas cosas que el sacrificio puntual del tipet, que podría ser tranquilamente una reacción...magnífica pero impulsiva. Más mérito por tanto para la tipeta que se entrega por amor sin recibir muestras evidentes, o al menos, comprobables. (Tal cual, el amor a Dios).
Estoy de acuerdo en que el amor egoista puede (aunque creo que tiene más probabilidad de serlo) no ser nocivo. No así el abnegado, que, si bien es habitual, siempre es la destrucción de un individuo.
(propongo un estudio sobre cómo etiquetar el amor de Marge por Homer).
No estoy de acuerdo con que el amor siempre es egoista. Creo en la mayoría de cosas que vivimos y en las que interactuamos, el motor que nos mueve es el egoísmo y las pautas de conducta las correspondientes a éste. Creo que es el amor el único que se sale de esas pautas, en lo único que se excluye el egoísmo. No sé si llamarlo amor cuando es egoísta. Independientemente de "querer" a alguien (familia, pareja amigos), está el hecho de darte cuenta de que quieres su bien por encima del tuyo, con perjuicio o no de éste último... y no te tienes que plantear el por qué.
Cfr. Tractatus de Wirttgenstein, en el mundo solo hay hechos y el lenguaje puede representarlos, pero no, por el contrario, a los valores. Los límites del mundo de los hechos son los límites del lenguaje. Sobre cuestiones éticas o estéticas, mejor es callar: infructuoso e inútil.
Publicar un comentario
<< Home