Un día más
Ni siquiera después de lo que acababa de pasar sabía como sentirse. Se miró la mano hinchada y se sentó en el sofá para contemplar el escenario del que cinco segundos antes había formado parte. Recordó las palabras que hace ya algún tiempo fueron pronunciadas por alguien cercano y que en su momento le dejaron indiferente por excesivamente tópicas. “Cada uno se hace a si mismo” –menuda frase de sobrecillo de azúcar- “Asume que eres así porque tú lo has querido, o al menos no has hecho nada por querer ser de otra manera. Deja de justificar tu modus operandi en los genes paternos o en la permisividad de tu madre”
¿Cual era la causa de lo sucedido esa tarde? Él no era una persona violenta, es más, creía tener un gran autocontrol y nunca había levantado la mano a nadie. Exceptuando aquella vez que tanto se enfado con su madre y alguna otra ocasión en que había pegado a las gemelas, sin embargo eso no se puede tener en cuenta…todo el mundo pega a sus hermanos pequeños.
Después de un rato se incorporó. Dirigiéndose a la mesa del comedor cogió el paquete de Camel que había encima. Necesitaba pensar aspirando un cigarro, pero al abrir la cajetilla sólo encontró el mechero de Ana. “La muy hija de…” como odiaba que hiciera eso. Ana había desistido hacía tiempo de explicarle que cuando acabase la mantequilla, el fiambre o cualquier otro producto envasado, tirase el paquete a la basura en vez de dejarlo vacío en la nevera. De modo que había optado por darle de su propia medicina y aunque nunca había obtenido el resultado esperado, conseguía al menos exasperarlo.
A falta de humo que llenase sus pulmones, decidió consolarse con su segundo elemento de dependencia: la Play Station. Mientras manejaba con los mandos a un personaje cabezón que se tiraba pedos y eructos al mismo tiempo que decía obscenidades a una rubia tetona virtual, pensaba con frialdad sobre la muerte. ¡Qué irónico resultaba todo aquello! En general le encantaba escandalizar a los suyos afirmando que la sensación de matar a alguien le atraía enormemente. Expresar esa idea en voz alta le hacía engrandecer, tomar distancias con el resto de individuos más débiles e inferiores.
Se consideraba a si mismo un ser altamente inteligente. No en vano era un hombre de ciencias. Esto hay que puntualizarlo, su idiosincrasia se basaba en los siguientes axiomas: gente de letras = tontos; gente de ciencias = listos, por supuesto me refiero a cualquier estudio superior, nada de diplomaturas o carreras técnicas de chicha y na, en la zona media de su pirámide se encontraban los estudiantes de empresariales o similares, básicamente por neoliberales y peperos, y excluidos del todo quedaban aquellos sin estudios a los que sólo se dirigía para recordarles su papel servicial en la sociedad.
Su ilusión había sido estudiar medicina alegando sádicamente que estar en una sala llena de cadáveres le abría extraordinariamente el apetito, y sintiéndose identificado con Alec Baldwin en una película en la que hacia de médico asesino, afirmaba que él quería ser un auténtico Dios capaz de poder dar y quitar la vida a sus pacientes.
En cualquier caso su media en selectividad le impidió hacer realidad tan mañas aspiraciones, cambiando el anhelo de ejercer su potestad sobre vidas humanas por ganar miles de euros haciendo endodoncias.
Le empezaba a doler la cabeza… ¡malditos dolores de cabeza! ¡como los odiaba! Esas punzadas en las sienes y aquel pitido agudo que salía de su cerebro. Lanzó el mando contra el suelo y se dirigió a la ventana. “Necesito un cigarro”. No sabía que hacer. Debía salir a tomar el aire, pero no quería dejarla sola. La carencia de nicotina en su cuerpo aumentaba por momentos. Dio media vuelta, comprobó que llevaba las llaves de casa en el bolsillo del pantalón y salió de allí tras un portazo.
¿Cual era la causa de lo sucedido esa tarde? Él no era una persona violenta, es más, creía tener un gran autocontrol y nunca había levantado la mano a nadie. Exceptuando aquella vez que tanto se enfado con su madre y alguna otra ocasión en que había pegado a las gemelas, sin embargo eso no se puede tener en cuenta…todo el mundo pega a sus hermanos pequeños.
Después de un rato se incorporó. Dirigiéndose a la mesa del comedor cogió el paquete de Camel que había encima. Necesitaba pensar aspirando un cigarro, pero al abrir la cajetilla sólo encontró el mechero de Ana. “La muy hija de…” como odiaba que hiciera eso. Ana había desistido hacía tiempo de explicarle que cuando acabase la mantequilla, el fiambre o cualquier otro producto envasado, tirase el paquete a la basura en vez de dejarlo vacío en la nevera. De modo que había optado por darle de su propia medicina y aunque nunca había obtenido el resultado esperado, conseguía al menos exasperarlo.
A falta de humo que llenase sus pulmones, decidió consolarse con su segundo elemento de dependencia: la Play Station. Mientras manejaba con los mandos a un personaje cabezón que se tiraba pedos y eructos al mismo tiempo que decía obscenidades a una rubia tetona virtual, pensaba con frialdad sobre la muerte. ¡Qué irónico resultaba todo aquello! En general le encantaba escandalizar a los suyos afirmando que la sensación de matar a alguien le atraía enormemente. Expresar esa idea en voz alta le hacía engrandecer, tomar distancias con el resto de individuos más débiles e inferiores.
Se consideraba a si mismo un ser altamente inteligente. No en vano era un hombre de ciencias. Esto hay que puntualizarlo, su idiosincrasia se basaba en los siguientes axiomas: gente de letras = tontos; gente de ciencias = listos, por supuesto me refiero a cualquier estudio superior, nada de diplomaturas o carreras técnicas de chicha y na, en la zona media de su pirámide se encontraban los estudiantes de empresariales o similares, básicamente por neoliberales y peperos, y excluidos del todo quedaban aquellos sin estudios a los que sólo se dirigía para recordarles su papel servicial en la sociedad.
Su ilusión había sido estudiar medicina alegando sádicamente que estar en una sala llena de cadáveres le abría extraordinariamente el apetito, y sintiéndose identificado con Alec Baldwin en una película en la que hacia de médico asesino, afirmaba que él quería ser un auténtico Dios capaz de poder dar y quitar la vida a sus pacientes.
En cualquier caso su media en selectividad le impidió hacer realidad tan mañas aspiraciones, cambiando el anhelo de ejercer su potestad sobre vidas humanas por ganar miles de euros haciendo endodoncias.
Le empezaba a doler la cabeza… ¡malditos dolores de cabeza! ¡como los odiaba! Esas punzadas en las sienes y aquel pitido agudo que salía de su cerebro. Lanzó el mando contra el suelo y se dirigió a la ventana. “Necesito un cigarro”. No sabía que hacer. Debía salir a tomar el aire, pero no quería dejarla sola. La carencia de nicotina en su cuerpo aumentaba por momentos. Dio media vuelta, comprobó que llevaba las llaves de casa en el bolsillo del pantalón y salió de allí tras un portazo.

1 Comments:
Duro, pero muy bueno...
Qué acojonante que te metas tanto en la mente del psicópata, Kermit. ¿No verás enanitos que te digan que quemes cosas?
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